Tres promesas que me han sostenido siendo mamá durante diez años
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Hoy estoy reflexionando sobre diez años de maternidad.
Realmente es una temporada que nos transforma. Nunca volveré a ver el mundo con los mismos ojos con los que lo veía antes de convertirme en mamá. Y, conforme pasan los años, empiezo a comprender lo fugaz que es esta etapa tan preciosa.
Al mirar hacia atrás, puedo ver cómo el Señor me ha sostenido por medio de Su Palabra. Hay versículos que Él me ha regalado para cada temporada de la maternidad, y hoy quiero compartir tres de ellos. Han sido un ancla para mi corazón y siguen recordándome que, aun en medio de mi debilidad, Él permanece fiel.
"El Señor es el Pastor de mi hija"
Todavía recuerdo las últimas semanas de mi primer embarazo. Mi corazón estaba lleno de un santo temor al pensar en el privilegio tan hermoso que es cuando Dios nos confía uno de Sus hijos. Al mismo tiempo, era profundamente consciente de lo imperfecta que soy si no permanezco en Cristo.
Estaba a las puertas de la maternidad y deseaba, con todo mi corazón, que fuera posible no equivocarme nunca. Quería criar fielmente la preciosa joya que Dios estaba poniendo en nuestras manos, sin cometer errores ni dar pasos en falso.
Fue entonces cuando el Espíritu Santo trajo a mi corazón el Salmo 23 de una manera muy personal:
"El Señor es el Pastor de mi hija"
Con esa declaración pude dejar en las manos de Jesús el enorme peso de las expectativas que había puesto sobre mí misma.
Sí, cometería errores como mamá. Pero el sacrificio de Cristo en la cruz también había redimido eso.
Antes de que mi hija naciera, había una certeza que llenaba mi corazón: el Señor ya había hecho toda provisión para su vida. Donde nosotros falláramos como padres, Él se haría presente. En nuestra debilidad, Él sería fuerte.
También hizo viva para mí esta promesa:
"Todos tus hijos serán enseñados por el Señor, y grande será su paz." (Isaías 54:13)
¡Qué regalo fue ese momento!
Diez años después, sigo atesorando lo que el Señor ministró a mi corazón aquel día. Continúo orando esas promesas mientras nuestra familia crece y caminamos juntos en cada nueva etapa.
"Él guía con ternura a las que tienen hijos pequeños"
Con el paso de los años nuestra familia creció, y también crecieron las responsabilidades.
En esa nueva temporada, el Señor me consoló con otra porción de Su Palabra:
"Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas." (Isaías 40:11)
Muchas veces, durante estos años, he intentado hacer más de lo que el Señor realmente me estaba pidiendo.
Con la pasión por la visión de lo que Él ha puesto delante de nosotros y el peso de las responsabilidades diarias de una familia joven, he sentido la tentación de correr más rápido de lo que esta temporada permitía.
Pero una y otra vez el Señor me ha recordado que Él me ve.
Me ha recordado que mi ministerio como mamá tiene tanto valor delante de Él como cualquier otra obra a la que me haya llamado fuera del hogar.
Y cuando he tenido que disminuir el paso para caminar al ritmo que mis pequeñas corderitas necesitan, Él me ha asegurado que es precisamente así como Él mismo me está guiando.
Con ternura.
Nunca me pide más de lo que Él mismo me capacita para dar.
Mis pequeñas corderitas están cerca de Su corazón. Y Él desea que nuestra vida familiar sea plena, rica y llena de gozo; no ocupada, apresurada, relegada a un segundo plano o tratada como un obstáculo para hacer "cosas más importantes".
"Él perfecciona mi camino"
Hoy celebramos el décimo cumpleaños de nuestra hija mayor.
Y mientras reflexiono sobre esta década de maternidad, el Señor vuelve a ministrar a mi corazón una promesa que durante años he declarado sobre nuestra familia:
"Dios es el que me ciñe de poder, y quien hace perfecto mi camino." (Salmo 18:32)
Es un hermoso eco de la primera promesa que Él me dio cuando estaba por convertirme en mamá.
Ahora escucho estas palabras desde un lugar diferente.
Hoy puedo mirar hacia atrás y ver los aciertos y también los errores; las alegrías, los desafíos, las oraciones contestadas y aquellas que todavía siguen formando parte del proceso.
También puedo mirar hacia adelante y contemplar el hermoso y complejo camino que nos espera mientras nuestra hija entra poco a poco en la adolescencia y comienza a afirmarse cada vez más como una mujer guiada por el Espíritu Santo y, poco a poco, menos dependiente de sus padres.
No puedo cumplir mis propias expectativas de ser una mamá perfecta. Pero el Señor me recuerda que esas expectativas son mías, no Suyas.
Él me conoce mejor de lo que yo me conozco. Conoce a mis hijas mejor de lo que ellas mismas se conocen. Y conoce los planes que tiene para cada una de ellas.
Esa es la promesa que hoy sostiene mi corazón:
Todo lo que Él me pide es permanecer atenta a Su Palabra y sensible a la dirección del Espíritu Santo.
Escuchar y obedecer.
Exactamente lo mismo que durante estos diez años hemos procurado enseñar a nuestras hijas.
No puedo hacerlo todo, pero sí puedo seguir a Jesús. Él es el único que perfecciona nuestro camino, aun en medio de nuestras imperfecciones. Él es quien mantiene nuestros pies en la senda correcta y endereza nuestro caminar cuando confiamos en Él. Él es el Camino, la Verdad y la Vida que llena nuestro hogar.
Gracias, Señor, porque has sido fiel para sostenernos en cada temporada de estos diez años… y sé que seguirás siéndolo en las que están por venir.
Con cariño,
Carolyn